Dejar de fumar

Para resolver la ecuación del devastador-efecto-tabaco en el mundo actual solo hay que sumar dos factores. Uno es el biológico: la desmesurada adictividad de la nicotina – que como todas las -inas, va directamente al centro del placer del que les hablaba el otro día, y todos queremos más y más- . Les repito el proceso, que parece inventado por Maquiavelo y Lucifer en una noche especialmente lúcida:

La nicotina actúa sobre el cerebro para producir varios efectos sobre la conducta. De importancia primordial con relación a su naturaleza adictiva están los hallazgos que la nicotina activa el circuito del cerebro que regula los sentimientos de placer, también conocidos como las vías de gratificación. Un químico clave del cerebro que está implicado en el deseo de consumir drogas es la neurotransmisora dopamina, y las investigaciones han demostrado que la nicotina aumenta los niveles de dopamina en los circuitos de gratificación.  La investigación científica también está empezando a demostrar que la nicotina quizás no sea el único ingrediente psicoactivo en el tabaco. Usando tecnologías avanzadas de imágenes neurológicas, los científicos pueden ver el efecto dramático del tabaquismo en el cerebro y han encontrado una disminución marcada en los niveles de la monoaminooxidosa (MAO), una enzima importante responsable por la descomposición de la dopamina. El cambio en la MAO debe ser causado por algún ingrediente en el humo del tabaco distinto a la nicotina, ya que sabemos que la nicotina en sí no altera dramáticamente los niveles de la MAO. Por lo tanto, la disminución en dos formas de la MAO, A y B, resulta en niveles más altos de dopamina y puede ser otra razón por la cual los fumadores continúan fumando, para sostener los niveles altos de dopamina que originan el deseo de usar repetitivamente la droga.

En lenguaje más pop: inhalamos nicotina->la nicotina es tóxica->así que el cerebro intenta bloquearla->para lo cual, libera dopamina, ergo nos sentimos más felices… Pero una vez desarrollada la tolerancia…”Si se deja de fumar durante unas horas la dopamina baja a niveles normales, sólo que lo que es normal para un no fumador ya no lo es para un fumador, acostumbrado a recompensas químicas mayores. Por decirlo con palabras llanas: nuestro cerebro ha sido malacostumbrado de manera parecida a como se maleduca a un niño. Un niño malcriado protestará cuando se vea obligado a vivir como el resto de los niños. Nuestro cerebro protesta también cuando se le obliga a disfrutar de dosis normales de dopamina. Es la esencia de todo adicto: al principio la droga le hace estar especialmente bien. Al final la necesita para conseguir estar normal.”

Así que tenemos no sólo la nicotina, sino unos cuantos ingredientes más, astutamente añadidos por algunos jóvenes empresarios, que aumentan su toxicidad y su adictividad. No es raro que, al intentar prescindir del tabaco “moderno”, nos tiremos al chocolate, al sexo, o al río. O a cualquier otra -ina que encontremos por el camino. O a todo junto.

El segundo factor de la suma es todo lo que el hombre social  inventa, añade, cree.Todos los símbolos, los pequeños rituales asociados, que se han ido deformando en el fluir de la historia, siendo re-interpretados hasta perder todo su poder inicial, reducidos a simples excusas y a exclusiones sociales que fomentan el enorme despropósito de la desigualdad. La decadencia simbólica parece directamente proporcional a la adulteración del ingrediente principal. No se pierdan el hilo histórico:

Las diferentes tribus hacían uso de diferentes plantas, dependiendo de lo que crecía localmente y del motivo por el cual se realizaba determinada ceremonia.Generalmente el tabaco constituía sólo de un 5 a un 10% de la mezcla para fumar(…) Cuando los nativos americanos introdujeron el tabaco a los inmigrantes europeos, deliberadamente dejaron fuera la salvia y otros ingredientes cruciales para alterar la conciencia. Por una parte, lo hicieron debido al principio espiritual de no dar a conocer sustancias alteradoras de la conciencia a los no despiertos espiritualmente. Los nativos americanos vieron rápidamente que, aunque los europeos habían superado la pobreza y eran técnicamente adultos, sufrían de un curioso y más bien trágico retardo espiritual. Los europeos no tenían visiones, no se podían comunicar con los espíritus de sus ancestros, y no sentían la divinidad de los cuatro elementos. No sólo carecían de estas habilidades perceptivas, de las cuales ocasionalmente algunos nativos americanos carecían, sino que además ridiculizaban arrogantemente a quienes podían percibir tales cosas. Claramente los europeos no estaban listos para los rituales en los que se fumaban estas plantas. Una razón adicional de por qué los nativos americanos dieron a los europeos el tabaco sin las otras plantas era una especie de estrategia bioquímica de guerra, esperando debilitar a estos poderosos enemigos borrando partes de sus conciencias, para que no pudieran abrir la puerta a otras dimensiones a fin de conseguír claridad para resolver problemas. Muchos han señalado cómo los europeos indujeron a los nativos americanos a volverse adictos al alcohol, pero pocos han remarcado la forma más sutil pero más poderosa en que los nativos americanos hicieron adictos a sus captores. La adicción y la esclavitud son eventos gemelos en la historia, y difícilmente se encuentra uno sin el otro. El intercambio de vicios entre opresores y oprimidos es una constante. […]

Era la manera antigua una manera válida de fumar? Casi sin duda, sí. El uso de la hoja de tabaco, no solo no adulterada, sino mezclada con una gran cantidad de hierbas inocuas, dejaba el poder adictivo de la nicotina del que hablábamos antes a un nivel mucho menos peligroso que el que encontramos hoy en los estancos. Los motivos ceremoniales parecen tener también algo más de sentido que el actual asociacionismo de andar por casa, o el absurdo acto de rebeldía adolescente. El concepto de habitus se nos echa encima. Para desprendernos de él, habrá que aislarse. Las revoluciones tendrán que ser individuales.

Lean y aprendan. La información es poder:

http://www.drugabuse.gov/ResearchReports/Nicotina/Nicotina2.html http://escuela.med.puc.cl/publ/cuadernos/1999/pub_02_99.html

Traducción del capítulo sobre la cafeína del libro: Cunningham, Danna y Andrew Ramer: Further dimensions of healing addictions, Cassandra Press, CA, USA, 1988.

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The truth about lies

The truth about lies

Some somehow-fortunate people won’t need to read this. They have a seventh sense that makes them aware of when someone is lying. It must be so useful to have this lie-instant-detector. You won’t be fooled, you won’t be made fun of, you will likely be a good survivor.

There’s a lot to say about lies. A starting point would be that lies, along with a double articulation language, is one of the main things that makes human beings different from animals (except for primates, ok). They kind of make the human world go round. They are necessary, I guess. Sometimes, somehow.

But most of the times they are just boring. They complicate things, they are the most selfish act, they are harmful, they are bullshit.

Me, I can’t distinguish. Must be a stupid gen I have somewhere. I believe just anything, from aliens in your yard, to that you really missed that bus. I believe because I can’t find the point in lying. After all, it can be weird and extraordinary to find an alien in your yard, but certainly not impossible. And it’s ok if you overslept, and it’s ok if you just didn’t want to take that bus. If you didn’t want to, saying so will prevent you from apologizing another 40 times you didn’t want to either. That thing about pretending is sick. We all find out in the end. But I guess it feels sooo good and powerful to have a bit of info the other one hasn’t. That’s how you win.

I know all this, but as hard as I try, I still can’t manage it properly. Maybe I’m just too stubborn and, like good old Mulder, I want to believe. If you have this same problem, go through the article. If you don’t, it’s interesting anyway (but maybe too much for a friday. I have to get out)

Aloha

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.

El jefe indio Seattle sabía ser irónico, desde luego. En su carta al gran jefe de Washington, no sólo demuestra un elevado conocimiento de la esencia de la vida, sino que pone en evidencia al civilizado hombre blanco y todos los valores que supuestamente nos definen.

Supuestamente.

Al gran jefe indio, al lado del cual instalaría mi tipi sin dudarlo, se le olvidaron unos cuantos factores a la hora de juzgar al hombre blanco y todo su ensamblaje vital. Digamos que se saltó alegremente el hecho de que no hay búfalos en todas partes, por ejemplo. También pasó por alto que el hombre no es un animal, sino un Sapiens Sapiens que inventó lenguajes, herramientas, trenes, y ciudades. Esta evolución, sin embargo, no es inventada, sino tan natural como el mismo búfalo. Nuestra naturaleza es de la naturaleza. Como buen salvaje y mal antropólogo, el gran jefe indio hizo una enorme categoría, “hombre blanco”, con la cual díganme que tenía que ver el pobre maquinista del tren, que seguramente preferiría estar en su casa al lado de un buen fuego.

He tenido que empezar a estudiar Antropología para entender esta perspectiva, porque el error es no entenderlo. Ojalá fuera todo tan fácil y el gran jefe indio tuviera razón. Que la tiene. Pero todo es más complejo.

El decano y antropólogo Honorio Velasco lo explica:

El reconocimiento de la diversidad no implica tan sólo un conocimiento de las múltiples formas de organización que adoptan las sociedades humanas, de la variedad de prácticas sociales y del espectro tan sorprendentemente amplio de creencias que mantienen las sociedades y grupos, también es un compromiso por el que se otorga la misma condición de seres humanos a todos los miembros de otros grupos, por dispares que sean sus comportamientos respecto a lo que se considera normal o normativo en una sociedad determinada. El reconocimiento de la diversidad cultural supone por tanto la posibilidad de comprender, de empatizar con otro ser humano y en el fondo se asienta en la unidad psíquica de la humanidad.

Desde aquí iré aportando y exponiendo pequeñas dosis de conocimiento antropológico. Disfrútenlas, debátanlas, piénsenlas, retuérzanlas. Rousseau decía “El hombre es naturalmente bueno, es la sociedad que lo corrompe”. Contradictorio, cuanto menos. Demos vueltas a la rueda.

Por qué el deseo nos vuelve locos

Brain Study: Why Desire Drives Us Wild Jennifer Viegas, Discovery News:

(Traducción libre por la que suscribe)

La mayoría de los mamíferos, incluído el  hombre, experimenta momentos de deseo intensos – sea por comida, sexo, u otras cosas- seguidos de lo que parecen mágicos sentimientos de satisfacción y placer si se consigue lo deseado. Pero los científicos han descubierto que, gracias a los circuitos cerebrales, a menudo nos quedamos más con las ganas que con el deseo satisfecho. Según un estudio recientemente publicado en” Diario de Neurociencia”, el deseo y el placer son áreas separadas del cerebro controladas por distintos circuitos. Cuando estas áreas se sincronizan, el impacto en el cerebro se vuelve muy poderoso. Pero hay trampa. Los cerebros de los mamíferos parecen tener menos mecanismos para el placer que para el deseo. “Nuestros resultados sugieren que todos somos susceptibles a querer más de lo que disfrutamos en realidad, al menos en ciertas situaciones”, dice el co-autor Kent Berridge.”Si existen circuitos separados para el placer y el deseo, una persona que tenga activación selectiva del circuito del deseo querrá más aunque ya no le guste” Estas disociaciones pueden llevar a adicciones a drogas, sexo, comida y juego, entre otros. Algunas personas también parecen proclives a experimentar las fases no-sincronizadas.

Para el estudio, Berridge y su colega Kyle Smith usaron una técnica de microinyección no dolorosa que deposita pequeñas cantidades de una droga opiácea en el punto de placer del cerebro de ratas. La droga causó que las ratas quisieran comer hasta tres veces su ración normal de comida, mientras que ésta les gustaba el doble. El grado de “gusto” fue medido por los científicos estudiando sus expresiones faciales y comportamientos mientras comían, como relamerse. Después, los investigadores “apagaron” el circuito de placer de los animales microinyectando un supresor del opiáceo en otra parte del cerebro de los reodores. La reacción de las ratas fue que aún querían comer, pero no mostraron signos de que les gustase. Finalmente, los científicos usaron una técnica llamada Mapeo Fos, que muestra las áreas activadas del cerebro basado en cambios de color según las proteínas que afectan ciertos circuitos neuronales. Este y otros experimentos revelaron que los “puntos hedonistas” del deseo y el placer estaban separados en dos áreas dentro del cerebro. Ratas, humanos, y otros mamíferos comparten estas mismas regiones y circuitos, asi que el deseo de las ratas es comparable al humano.

“Estos descubrimientos podían tener una potencial implicación a gran nivel en los tratamientos de desórdenes como obesidad, desórdenes aliminticios y drogadicción, dijo Kringelbach, investigador asociado en el Departamento de Psiquiatría de Oxford. Añadió que los descubrimientos dan lugar a nuevas preguntas sobre cómo este circuito interactúa con otras partes del cerebro. Se espera que haya futuros estudios sobre los sentimientos de deseo y placer, que, segun Kingelbach, son “claves para el entendimiento de la condición humana”.

Lo son, lo son. Si la gente no se empecinara en querer más cosas todo el tiempo, como bien apunta la filosofía budista, seguramente seríamos más felices y haríamos a los demás más felices también, y en resumen todo iría mucho mejor. Pero parece que no. Parece que tenemos una rueda estropeada, aunque probablemente Darwin argumentara que esto se debe a razones de selección natural. Si funciona así, es porque debe de funcionar así, porque sin deseos y ambiciones, por muy absurdos que sean, la especie no compite, ergo no gana, ergo desaparece. Como los buenos monjes budistas expulsados de Tíbet.

Da pena lo claro que está todo a veces.

Japón

La cultura japonesa me desconcierta. La gente japonesa me desconcierta el triple. Sus maneras de vivir me son inverosímiles, ajenas, extrañas, y no conecto. Su comida me parece de todo menos comida. Su filosofía me inquieta. A mi falta de empatía le acompaña una lamentable carencia de conocimientos sólidos: no he estado ni en Japón ni cerca de Japón, mis relaciones -laborales- con los nativos fueron escuetas y frías, diplomáticas y exasperantes- y así parecen ser ellos. Mis referencias culturales al respecto son tan mainstream que no puedo darles mucho crédito.

En general, lo japonés me produce tanta curiosidad como ojiplatismo.

Hablo hasta aquí de lo que me transmite el Japón contemporáneo. Pero antes de la Restauración Meiji y Hello Kitty había samurais y geishas. Y oh, el arte japonés tradicional. Los dibujos. Los kimonos. Las máscaras. La música. La estética kabuki. Bowie me descubrió todo eso a los 13, y desde entonces no salgo del negro-blanco-rojo ni dejo de buscar un kimono apropiado (no hago más que recolectar amagos-de en mercadillos londinenses, es muy triste).

Mi bello amigo Urizen (no, no hay link) sabe de todo esto, y me manda generosamente todas las ilustraciones que encuentra en su camino. Yo las pongo constantemente de fondo de escritorio. Ahí va una y un link, por si comparten mi admiración.

pd. y esta para @simplegearl 🙂

Obama

About the having-a-new-and-awesome-and-different-saviour/president-of-the-USA thing:

The obsession with leaders – the private life of Sarkozy, the manipulativeness of Berlusconi, the new-found assertiveness of the Russians, a newly emollient China anxious to prove itself a modern, responsible power – suggest they are now flamboyant individuals rather than representatives; it is as though they have nothing to do with us. People of meagre talent and modest imagination now pose as “world leaders”, guides and instructors of an imaginary, shifting “international community”.

Preoccupation with individuals, of course, deflects attention from the powerlessness of the people, the voiding of democracy, even in places where the most highly sophisticated “electoral process” prevails. Leaders are keen to display their control over events over which they have waning influence, an influence they have willingly ceded to the stark urgencies of globalism. The great movements of goods and money around the world, and the vanity of efforts to deter humanity from following this licit and highly profitable mobility, clearly indicate the limits of their power.

The fascination with leaders is an alibi for democratic impotence. The tendency of people to disengage from electoral politics is not evidence of a terrible apathy, but is a perfectly understandable refusal to play their walk-on part in the farce of popular sovereignty. Whoever voted for globalisation? Where is the majority in favour of concentrations of wealth and power in a handful of individuals who control more wealth than the GDP of whole countries? Who cast a ballot in favour of the de-industrialisation of Britain? Who, indeed ever voted for the establishment of manufacturing industry in the first place? Where is the universal suffrage that produced inequality in the world, which even the collective might of the United Nations and its pious millennium goals appear incapable of putting into reverse?

No wonder so much must be invested in the leaders of tomorrow – the Obamas and Camerons, fair of mien and full of promise (like Tony Blair only yesterday) – since they too must defend an existing order which, at a time of crisis, must be “mended”, so that it will resume growth and expansion in perpetuity. For all our futures are already inscribed in the deterministic landscapes of universal industrial happiness. It is reminiscent of the middle ages, when rulers and kings, repenting their misdeeds, arranged for masses to be said “in perpetuity” in the cathedrals of Europe.

This came via Open Anthropology and is written by some English journalist whose intention was actually to enhance Gordon Brown, but it quite serves to some of my reasons for being a bit – maybe a lot – of an anarchist (utopical anarchist, for I know anarchy wouldn’t work. Nothing, ever, will fully work as a system, nor the lack of one will solve anything but freedom – which will always be threatened by something else, etc, etc, etc). I still and always will refuse to have anyone deciding for me, having power over me.

About the Obama thing:

Hope: Any buddhist would rant about the evil illusions and dangerous expectations. But I could never get to understand that emptiness fully, and probably never will: it’s unnatural to human condition. Period.

Charisma: Charismatic people are not better people, just attractive and magnetic. This people is also dangerous: they make you believe what they believe, they make you blind, they drag you. It’s not their fault, but it’s not fair if you happen to be a naïve.

Brains: This can truly make a difference. It looks quite important to have a good head full of common sense over the shoulders of the leader of one of the most important countries in the world, and it looks like Obama has one. So I am glad. And even hopeful.

Alta fidelidad

[…]Me da la impresión de que si pones la música (y los libros posiblemente, y el cine, y el teatro, y las cosas que tienen sentimiento y que te hacen sentir) en el centro de tu ser, no podrás pensar en esa vida amorosa como quien piensa en el producto acabado. Tendrás que pasarte la vida dándole caña, tendrás que mantenerla viva y revuelta; tendrás que darle caña sin parar, desenmarañarla a cada paso, hasta que se te deshaga entre las manos y te veas obligado a empezar otra vez de cero.

A lo mejor es que todos vivimos la vida a una intensidad excesivamente alta, al menos los que nos pasamos el día entero absorbiendo cosas de alta carga emocional, y es consecuencia lógica que no podamos sentirnos meramente contentos: tenemos que ser infelices, o si no vivir en éxtasis, en un estado de completa felicidad, y esos estados son difíciles de alcanzar dentro de una relación de pareja sólida y estable. Puede que Al Green sea directamente responsable de más cosas de las que había supuesto. […]

Nick Hornby, High Fidelity